En bici y...¡acción | Selle Royal

En bici y...¡acción

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En bici y...¡acción
Abril 2016

La pata de la bici vuelve a su lugar con un sonido seco.
Clack. ¡Acción!
La película está por empezar y yo estoy sentado cómodo, en primera fila.
Acera, rampa, camino libre. A rodar.
Los primeros golpes de pedal fluyen con calma y la película empieza a correr con las ruedas, que giran rápido como bobinas.
En el fondo de la calle, hay un edificio con el portón completamente abierto.
Parece sorprendido de verme. Lo sé, hacía tiempo que no subía a la bici. Pero, ¿has visto el día? ¿Has visto qué luz?

Doblo en la esquina y un reflejo sobre el parabrisas de una camioneta me trae de vuelta al Planeta Tierra.
Ahora la ciudad parece un inmenso concesionario de autos usados.
Veo a un hombre de traje y corbata que habla con un joven y parece decirle: “Esta tiene 110 caballos. Acelera de 0 a 100 en 7 segundos”.
Yo, en cambio, no tengo prisa.
Me muevo a la velocidad que quiero; soy el director de esta película. El ritmo de mi pedaleo decide el número de fotogramas.
¿A la derecha o a la izquierda? No importa. No tengo meta, pero ya he encontrado la marcha. Perfecta.
A esta velocidad, la ciudad ni siquiera parece gris.
Veo azules, amarillos, naranjas, de mil tonos diferentes. Y tanto verde como nunca había imaginado.
Buhardillas como selvas en cada edificio, terrazas naturalmente lozanas rodeadas de otras tristes y vacías, una palmera que sobresale detrás de un arbusto buscando el Sur.
Verde. Vuelvo a subirme a la bici. La película continúa.
Me adelanto a personas que caminan rápido porque se sienten lentas.
Me adelanto a coches lentos que suspiran porque les gustaría ir a gran velocidad.
Yo he encontrado mi marcha. A esta velocidad, la ciudad me parece perfecta.

Un coche que está saliendo de un garaje me obliga a tocarle la campanilla.
Entre los chirridos del tranvía, el ruido de las frenadas y algunos tremendos bocinazos, me parece el sonido más puro del mundo. 
Decido tomar el carril bici, que parece una alfombra roja que esperaba solamente mi llegada.
Me cruzo con otra gente en bici, y dado que no todavía no conozco bien la etiqueta, les sonrío a todos. Y ellos me devuelven la sonrisa. Ya me siento parte de la familia.
Pero el carril bici es poco monótono; la vida de la ciudad se atenúa y corro el riesgo de perderme todo.
En cuanto puedo, vuelvo a la calle.
Encuentro a un músico con un sombrero cowboy que toca country y a dos gemelas en un tándem que parecen dos artistas yendo a la inauguración de una exposición de arte.
He recorrido sólo pocos kilómetros y me parece que estoy ya en otro mundo.
Cien giros de rueda más y estoy en Pequín. Restaurantes, emporios, niños con ojos rasgados que hablan en dialecto local. No puedo creerlo. Nunca había visto un grafito de ideogramas.
Sigo moviéndome curioso y silencioso, como un espectador que espera el próximo acto.
Vivo desde siempre en esta ciudad y paso por lugares de los que no imaginaba ni siquiera la existencia.
Y pensar que esta zona la conozco bien. Por aquí cerca hay una pastelería a la que iba siempre con mi padre. ¿Quién sabe si existe todavía? ¿Qué hora es? Y sí, ¿por qué no?

Con la boca todavía sucia de chocolate, emprendo la vuelta a casa. Y pienso.
Pienso  que si la semana que viene va a hacer buen tiempo, tal vez podría pedalear hasta el campo, siguiendo los edificios que van perdiendo poco a poco los pisos, como peldaños que llevan al jardín de la ciudad.
O podría ir para el centro, donde las calles se hacen angostas y se retuercen, y los edificios son más bonitos y antiguos, para sumergirme entre los turistas y sentirme otra vez extranjero…
Pero mañana es lunes, y se vuelve a la vida real.
Mejor voy al trabajo en bici.

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