El silencio del campo | Selle Royal

El silencio del campo

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El silencio del campo
Julio 2016

Cada lugar tiene su atmósfera.
La ciudad te atraviesa con su paso rápido, con los infinitos rostros que la pueblan, con su capacidad de estar siempre actualizada y a la moda. Te sumerge tanto en su movimiento que casi te hace olvidar el esmog, el tráfico constante y sus millones de ruidos.
Algunos están tan acostumbrados a todo esto que ya no lo notan y desean estar siempre en la ciudad. Otros, en cambio, apenas tienen un poco de tiempo libre, eligen cambiar de atmósfera y se van al campo a respirar el dulce sonido del silencio.

En casi todas las ciudades hay una carretera grande que puede ser nacional, autonómica o de otro tipo y marca el confín entre los dos mundos: de un lado está el altiplano de los edificios, de los semáforos, de los coches en fila y de las señales, del otro está el universo de las casas de campo, de las rotondas, de las praderías y de los pueblos con nombres extraños.
Una vez superado el confín, cambia todo: el cielo, los colores, los olores, la gente, el tiempo y, como dice la leyenda, incluso el sabor de las cosas.
En coche no prestas atención. La carrocería embota todo, tienes la mirada fija en una sola dirección. La única diferencia que percibes es que la carretera está por fin vacía y que has conseguido engranar por primera vez la cuarta. En un instante pasas en límite. Termina la ciudad y empieza la no-ciudad.

En dos ruedas, en cambio, es otra cosa.
En primer lugar, el camino que eliges no es necesariamente el principal o el más breve. Te das cuenta inmediatamente de que las carreteras secundarias son amigas y guardianas de todos los cicloexploradores. Empiezas a llamarlas con diminutivos: callecita, calleja, senderillo, carreterucha, y te sientes como en casa.
En bici no te pierdes nunca, si no cuando quieres. Tu navegador es la orientación y puedes calcular el destino mil veces sin que el sistema se sobrecargue.
Y si te pierdes en serio, preguntas. Siempre encontrarás a alguien que te diga dónde estás.
En el campo, la bici es un pasaporte que te da acceso a una libertad absoluta.
Y el motivo del viaje es siempre, irremediablemente, disfrutar de la paz y de la tranquilidad que parecen crecer solo allí.

Por más altos que sean los edificios de la ciudad, desde el campo no se ven.
En lugar de ellos, puedes descubrir lugares que nunca habrías visto, gente nunca habrías encontrado, felices de una felicidad que no es la de la ciudad. Será el verde, el ritmo lento, el placer de ir a comprar el pan fresco en bicicleta saludando a todos...
Quién sabe si la gente de campo siente cada tanto el deseo de ir a la ciudad.
Tal vez sean como el yin y el yang: la ciudad y el campo forma parte de nuestro ser. Por eso hay que vivir ambas dimensiones de la mejor manera; es decir: ¡en bicicleta!

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