La libertad está en el viento de Tasmania. Roberto Cassa nos cuente su último viaje. | Selle Royal

La libertad está en el viento de Tasmania. Roberto Cassa nos cuente su último viaje.

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La libertad está en el viento de Tasmania. Roberto Cassa nos cuente su último viaje.
Diciembre 2018

Allá vamos. Estoy en mi asiento con el cinturón abrochado. El avión ya rueda por la pista, y las azafatas están listas para indicar las salidas de emergencia y a punto de explicar cómo inflar los chalecos salvavidas.
Tengo por delante unas treinta horas de vuelo antes de regresar a Italia, mi casa, donde me esperan con impaciencia para que les cuente los pormenores de mi última aventura sobre dos ruedas. Tal vez me aburra en un vuelo tan largo, pero al menos tendré tiempo para dormir un poco y ordenar mis ideas antes de volver a mi día a día.
El azafato, sonriente, me pide que levante la cortina para el despegue. Hago lo que dice mediante un gesto de lo más normal: mover el brazo y levantar este pequeño trozo de plástico. Sin embargo, esta simple acción, me parece una losa. Sé lo que me espera a medida que la voy haciendo, y hago lo imposible para no girar la vista. 
Allí está Tasmania, al otro lado de la ventanilla, recordándome lo que he vivido este último mes y todo lo que estoy dejando atrás. Intento resistirme, pero es superior a mí, mis ojos le clavan una fija mirada. Una vez más.

La lluvia cae prácticamente en horizontal por el azote del viento; la misma escena que me encontré cuando aterricé en octubre, proveniente de un lugar donde el verano aún no había dado paso al otoño. Cuando pienso en ello... ¡cuánto frío y cuánto viento he encontrado en mis pedaladas por estas tierras! 
Siendo un optimista incurable, esta fría bienvenida me pareció algo fascinante desde el principio. Tasmania me estaba avisando, me hacía saber que ya no la podría olvidar, por muchas razones, más de las que me hubiera imaginado. 
Recuerdo una niebla matutina que, mientras se desperezaba, me iba revelando las maravillas de una vegetación exuberante y variada tocada por el frío viento de la cercana Antártida que barría las nubes para dar paso a un sol que mostraba los colores de esta tierra de aventuras.

Pedalear en estas condiciones es muy divertido porque la lluvia te estimula y das lo mejor de ti mismo y, el viento... bueno, ¡el viento no tiene parangón cuando lo tienes a favor! 
Y afortunadamente, casi siempre ha sido así en este viaje, de lo contrario, me hubiera revolcado por el suelo más de una vez a lo largo de mi periplo. En Tasmania te encuentras con numerosas subidas, muy empinadas y con significativas diferencias de altura, especialmente en la parte occidental de la isla, que han puesto a prueba mi cuerpo y mente. Tanto que, en algunos lugares, sobre todo a lo largo de los caminos de tierra más difíciles, como los de la Península de Tasman, tuve que llevar mi bicicleta a mano. Eso sí, a la hora de bajar, la diversión estaba garantizada. 
¿Y el frio que sufrí en mi tienda? Quizás dormir bajo una fina capa de tela fue la parte más difícil del viaje; pero me encanta el contacto con la Naturaleza, y bajar la cremallera de la tienda para ver el amanecer, sentir la calidez de los rayos del sol o, por la noche, echar un vistazo a ese inmenso cielo estrellado, me ayudó a suportar una temperatura que no era, digamos, de lo más acogedora.

Contrariamente al clima, los lugareños son de temperamento cálido y muy amable, y es en sus casas donde tuve que refugiarme, en más de una ocasión, para tomar una ducha caliente y poder charlar con alguien. ¿Cómo olvidar el tiempo que pasamos en la isla de Bruny con John, un aventurero sobre dos ruedas que había recorrido Irán en bicicleta, y que me abrió las puertas de su enorme jardín? También recuerdo las agradables conversaciones sobre ciclismo con Brett, quien tras escuchar todas mis aventuras quedó tan entusiasmado que decidió comprarse un sillín como el mío para su próximo viaje en bicicleta. Y finalmente la experiencia única de dormir en la granja de Anabella y Roger, quienes me prepararon incluso una buena pizza para cenar para que me sintiera como en casa. 
He notado que la gente es más acogedora en la parte occidental del país que en la oriental, donde están acostumbrados a ser más formales con los turistas que ven pasar. Vamos a ver, los innumerables pasteles salados que me han ofrecido visualmente no eran de lo más bonito, pero estaban calientes y rellenos con todo tipo de delicias: champiñones, pollo, remolacha, tocino o mantequilla. En resumidas cuentas, toda una garantía para afrontar el frío y poder comer sobre la marcha cuando tenía que retomar el camino.

Por otro lado, la mermelada de frambuesa que hacen en Tasmania, de la cual hice acopio para mi tour en bicicleta, no la supera nadie. Quién sabe si los pequeños wombats van por los bosques atesorando tan suculenta fruta, o si prefieren las remolachas, que aquí parecen estar en todas partes. Me encontré con muchos de ellos en los parques nacionales que crucé, así como a equidnas y ualabíes, que incluso me encontraba alrededor de mi tienda de campaña en la que pasaba las noches.  
Cuando pienso en lo mucho que Tasmania se parece al último puesto avanzado del mundo civilizado bordeando una naturaleza asombrosa, me doy cuenta de que mi pasión por el ciclismo me ha permitido llegar donde nunca me hubiera podido imaginar. Y es que esto es una tierra dominada por los elementos, por la fauna y la flora; un lugar a merced de los vientos y bañado por el sol; un país donde el mar turquesa y los árboles esmeralda llenan tus ojos y corazón para no abandonarlos nunca más.

Pero el viento… este ha sido el verdadero protagonista de mi viaje en bicicleta por las antípodas del mundo. Mi peor enemigo en algunas subidas y mi mejor compañero en el resto de caminos. De él es de quien más vivos recuerdos conservo, de cuánto he pasado este último mes. El sentimiento de libertad que te insufla cuando corres a su encuentro y el hermoso paisaje que revela cuando saca de tu vista las nubes que quieren dominar este rincón del planeta. Él fue quien me empujó, me dio fuerza para pedalear. Es gracias a él que, cada vez que montaba en mi bicicleta, llegué a pensar que, si realmente quería, podía volar. 
Y sigue siendo él quien ahora me despide desde el otro lado de la ventanilla con la cortina abierta. El viento de Tasmania, mi viento de libertad.

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